Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 18 Entre la Incertidumbre y la Esperanza
La noche fue inquieta. La fiebre no cedía, y cada hora que pasaba parecía más pesada que la anterior. Entre el inicio de la enfermedad y la llegada de Arabella habían transcurrido ya tres días, demasiado tiempo para un cuerpo debilitado. Si Thorne no lograba salir pronto de aquel estado febril, su vida correría un riesgo real.
Pero la fiebre no era lo único que la inquietaba. Los rumores se habían esparcido como pólvora: enemigos al acecho, interesados en su caída, empezaban a moverse en la sombra. Thorne no tenía hijos ni familiares directos que sostuvieran su posición; su fortaleza estaba en su sola presencia, y ahora esa presencia se debilitaba entre sudores y murmullos. Arabella, apenas recién llegada, no tenía autoridad más allá de un pequeño círculo de confianza. Era un equilibrio frágil, casi imposible de sostener.
La tensión la ahogaba. Apenas podía probar bocado, y sus pensamientos daban vueltas sin descanso: ¿qué hacer? ¿cómo resistir si él no mejora? Cerca de las once de la mañana, vencida por el cansancio y la confusión, decidió darse un baño. No era helado, pero sí lo bastante fresco para despejarle la mente y templarle los nervios.
Al regresar a su habitación, sus ojos cayeron sobre un pequeño paquete sobre la alfombra. Las hierbas de Martha. En ese instante lo entendió. Fue como una chispa, una iluminación. El corazón le latió con fuerza renovada. Aquello no podía ser casualidad.
Con manos firmes recogió el paquete y bajó corriendo a la cocina. Allí, recordando las enseñanzas de su maestra, preparó con cuidado una infusión. El aroma llenó la estancia, dándole valor. Subió de nuevo, con la bandeja en equilibrio, sintiéndose recargada, con un propósito claro.
Mandó abrir las cortinas para que la luz entrara y disipara la penumbra. Con paciencia infinita, improvisando con algodones, cucharillas y goteros, fue administrando la infusión poco a poco, casi gota a gota. Thorne apenas reaccionaba; permanecía en una inconsciencia profunda, prisionero de su propia fiebre.
Las horas pasaron, y la euforia inicial se fue apagando. La preocupación regresó, más pesada aún. Exhausta, se tumbó en el sillón y se cubrió el rostro con las manos. No supo en qué momento se quedó dormida.
Un quejido la despertó de golpe. Se incorporó de inmediato, con el corazón desbocado. Thorne movía la cabeza con dificultad, sus ojos se entreabrían, desenfocados.
La miró, intentando aferrarse a la realidad, y con voz ronca, apenas un murmullo, preguntó:
—¿Quién eres tú? ¿Por qué estás aquí?
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