Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 5 Despertando en el nuevo hogar
Lo primero que percibió fue la oscuridad.
Una oscuridad densa, espesa, que parecía adherirse a la piel.
Arabella abrió los ojos, pero por un momento no distinguió nada.
Solo tinieblas.
Intentó escuchar.
Algo.
Lo que fuera.
¿Pasos? ¿Viento? ¿Voces?
Nada.
El silencio era absoluto.
Pero no un silencio pacífico.
Era un silencio atronador, incómodo.
Un silencio tan profundo que le zumbaban los oídos.
Luego vinieron los olores.
Humedad. Tierra. Tela usada.
El aire olía a encierro y a piedra antigua.
Olía a lugar olvidado.
Forzó la vista en la penumbra. Poco a poco distinguió contornos:
paredes de piedra desnuda, una mesa sencilla, las mantas revueltas a su alrededor.
Y entonces, recordó.
La frontera.
La espada.
El castillo.
Se incorporó con lentitud. Todo su cuerpo dolía.
Estaba sola.
Completamente sola.
No sabía si era de día o de noche.
No había ventanas, ni lámparas, ni sonido alguno al otro lado de la puerta.
La oscuridad era su único reloj.
Y de pronto, el miedo.
Como una garra invisible, algo le apretó la garganta.
No podía respirar.
El pecho le dolía.
Pánico.
—¿Qué haré ahora? —susurró con voz entrecortada—.
Estoy en el reino de los quebrados…
Buscó un espejo.
Necesitaba hablar con su reflejo, pero no había ninguno.
Solo piedra.
Así que decidió hablarse a sí misma.
—Tranquila, Arabella. Todo estará bien.
Respira. Uno. Dos. Tres.
Respira otra vez.
Y otra vez. Y otra vez.
Lentamente, el aire volvió a fluir.
Se recordó quién era.
—Eres Arabella —dijo en voz baja—.
Eres una dama. No vas a romperte.
Con manos temblorosas ocupó un poco del agua del jarro para lavarse el rostro.
Se sacudió la chaqueta del viaje, se ajustó la ropa, y caminó hacia la puerta.
No sabía qué esperaba. Tal vez cerrada. Tal vez vigilada.
Pero estaba abierta.
La empujó con cuidado. Un pasillo oscuro y largo se abría frente a ella.
No se oía nada.
No se veía a nadie.
Avanzó despacio, tratando de orientarse.
No sabía qué hora era.
No sabía si aún era el mismo día o si había dormido más de una noche.
Se sentía desorientada, perdida, asustada…
Terriblemente sola.
Siguió caminando.
Pasillos de piedra, bifurcaciones. Ninguna indicación.
Finalmente, llegó a lo que parecía ser un comedor.
Una larga mesa, restos de comida: pan, frutas, copas sucias.
¿Había alguien más en ese castillo?
¿Comieron sin ella?
¿La olvidaron?
¿La ignoraron a propósito?
Miró alrededor con temor.
El estómago le dolía.
Tomó un pedazo de pan y lo comió rápido, casi sin pensar.
Tomó dos frutas, las escondió entre su ropa.
Instinto. Reflejo.
Tenía que buscar.
No podía quedarse esperando.
Salió del comedor y siguió caminando por otro pasillo.
Y entonces, las vio.
Dos sirvientas jóvenes,
Iban en dirección opuesta. Cuando la vieron, bajaron la mirada.
No se detuvieron.
Ni un saludo. Ni una palabra.
Solo un gesto de desprecio.
Y siguieron de largo.
Arabella se quedó inmóvil unos segundos, con la garganta apretada.
No entendía.
¿Había hecho algo mal?
¿Era parte del castigo?
¿O simplemente no existía para ellos?
Trató de hablarles, pero no hubo respuesta.
Como si no la hubieran visto.
Como si fuera invisible.
Siguió.
No sabía hacia dónde iba.
Dobló pasillos, subió un par de escalones de piedra, bajó otros.
Todo se parecía. Todo olía igual. Todo se sentía ajeno.
Finalmente, encontró algo que parecía ser un baño.
Una pequeña habitación con una pileta de agua estancada.
Había un cántaro vacío, un paño colgado, algo de luz entrando por una rendija.
Se lavó como pudo.
Rostro, cuello, manos.
El agua estaba helada, pero le devolvió algo de claridad.
No tenía idea de cuánto tiempo llevaba vagando.
Estaba agotada. Perdida. Y sola.
Volvió a salir.
Y justo al doblar una esquina, al girar sin pensar, lo vio.
Thorne.
Él también venía por ese pasillo.
Y no se esperaban.
Sus miradas se cruzaron de golpe.
Arabella se detuvo en seco.
Él también.
Sus ojos, siempre serenos, mostraban algo más:
asombro.
Intriga.
Y algo más difícil de nombrar.
Ninguno habló de inmediato.
El silencio entre ellos no era como el del castillo.
Era otra cosa.
Era peso. Era tensión. Era comienzo.
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