Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 1 – Entregada en Sacrificio

Arabella no podía respirar con normalidad. El nudo en su pecho era tan real como el frío que le bajaba por la espalda. Estaba frente al espejo, como tantas veces antes, pero esta vez no buscaba respuestas ni consuelo: buscaba fuerza.
Tenía miedo.

Lo sentía como una garra que le apretaba la garganta. Sus ojos se veían más grandes de lo habitual y sus labios temblaban, entreabiertos.

Iba a ser entregada como ofrenda.

El eco de aquella palabra la revolvía por dentro. Su padre lo había dicho con eufemismos —compensación, reparación, pacto—, pero en su corazón ella sabía la verdad: era un sacrificio.
Iba a ser enviada al dominio de Thorne, el temido Señor de los Dominios Quebrados, un hombre envuelto en rumores oscuros, cruel, solitario… y con fama de poseer magia antigua.
Nadie osaba enfrentarlo.
Su justicia era legendaria por lo implacable.

En tres días partiría.

Tres días para dejar su hogar, su vida, su nombre.
Tres días para dejar de ser hija… y empezar a ser, ¿qué?

Se mezclaban en ella el miedo y la desesperanza... pero también una punzante sensación de traición. Sabía que su padre no tenía escapatoria —había cometido una ofensa gravísima—, pero la estaba entregando con una facilidad que la hería más que cualquier espada.
Ni siquiera había mostrado desesperación. Le había presentado la decisión como si fuera un honor, una ventaja estratégica. Y él es su único pariente cercano. Su sangre.

Y la estaba entregando.

¿Así de rápido? ¿Así de fácil?
La desilusión le desgarraba el alma.
Pero no solo por su padre.

También por Jasper y Lucio, aquellos que alguna vez le juraron amor con ojos encendidos y palabras dulces.
Jasper —el más sensato— había aceptado la noticia con una tristeza callada, retirándose con una resignación demasiado fácil, como si el destino no se pudiera discutir. Un cobarde.
Lucio, en cambio, se había mostrado afectuoso, la había abrazado, la había consolado… pero sin rabia, sin lucha. Nunca la amo de verdad.
¿Dónde estaba el enojo? ¿Dónde la furia ante la injusticia?
¿Tan poco valía?
¿Nadie gritaría por ella?
¿Nadie desafiaría el destino que la marcaba como una simple ofrenda?

Sentía que entre sus cercanos había más humillación por la situación que verdadera pena por perderla.
Más vergüenza por lo que dirían, que tristeza por su partida.
Y eso, más que el miedo, más que el destino incierto, le partía el corazón.

Volvió a mirar su reflejo. Bella, la llamaban todos. Bella, la hermosa, la deseada, la inaccesible.
Nadie parecía interesarse en quién era Arabella, detrás del nombre.
Solo veían su rostro.

Desde niña, su belleza había sido celebrada, usada, comentada.
Pero también la había aislado.
Muchos asumían que su espejo era su amante secreto, que lo adoraba por vanidad.
Nada más lejos de la verdad.
El espejo era su refugio. Allí, frente al cristal, Bella hablaba con Arabella.
Conversaciones silenciosas donde se desahogaba, donde se recordaba que era más que una cara bonita. Porque lo era. Arabella era soñadora, valiente, lectora incansable. Su sentido de justicia no venía de su linaje, sino de los héroes de sus libros.

Su madre había muerto cuando ella era apenas una niña, y sin hermanos, los libros se convirtieron en su mundo.
Allí, entre gestas, criaturas míticas y reinos lejanos, moldeó su alma.
Y aunque nunca lo había dicho en voz alta, siempre se había visto como una heroína.
En sus sueños, salvaba reinos, protegía a los débiles, desafiaba las injusticias del mundo.

Ahora, la realidad le ofrecía la oportunidad…
Pero no como ella lo había imaginado.

Todo había comenzado cuando su padre, cegado por la ambición, invadió tierras vecinas para extraer minerales.
Lo hizo en una zona remota, creyendo que el dueño nunca lo notaría.
Pero Thorne —ese hombre oculto entre sombras y cicatrices— no era un señor ausente.
Sus dominios, aunque quebrados, estaban protegidos por fuerzas que no dormían.
Y ahora, la guerra era inminente.

A menos, claro, que Arabella fuera entregada.

No había escapatoria.

Thorne sabría si intentaban engañarlo; su fama como hechicero era tan temida como la de guerrero. Cualquier reemplazo sería detectado… y castigado.

Con el corazón encogido, Bella apoyó las manos en el borde del tocador.

El espejo no le devolvía una imagen frágil.
Le devolvía a una joven con los ojos bien abiertos.

La única que la había llorado con verdadero desconsuelo era Mary, su doncella más joven, que desde que supo la noticia no había parado de llorar.

Y Sofía, la mayor, no lloraba, pero el dolor la había silenciado. Había perdido el apetito, no hablaba, y se movía por la casa como un alma en pena. La miraba con los ojos llenos de algo que parecía querer decir mucho… pero sin palabras suficientes para expresarlo.

También había recibido un mensaje de Marta, la señora del bosque. Una ermitaña sabia, a quien muchos llamaban bruja, aunque Arabella siempre la sintió más como una guía.

El mensaje llegó con una hoja seca, perfumada con lavanda, donde se leía con letra fina:
“La noche no es solo oscuridad, son también estrellas.
No dejes de ser tú misma y encontrarás el tesoro.
Mi espíritu te acompaña.”

Arabella no entendía del todo qué quería decir…
Pero por alguna razón, aquellas palabras la consolaban un poquito.
Arabella aún no sabía cómo,
pero no pensaba irse como víctima.

Iría con dignidad y con la cabeza en alto,
como la dama que era.



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