Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 9 Telas, silencios y una tarjeta negra
La rutina se había asentado como un mantel recién tendido sobre la mesa. Cada uno parecía haber encontrado su lugar y su ritmo.
Domitila llegó una tarde nublada, acompañada por un leve olor a comino y albahaca seca. Tenía cerca de cincuenta y cinco años, un rostro amplio, de mejillas siempre tibias, y una forma de caminar que parecía abrazar las habitaciones al pasar. Se encargó de la cocina, tanto de preparar los alimentos como de mantener ese espacio en orden. No tardó en ganarse el afecto de Noelia, que solía acompañarla y aprender recetas entre risas suaves. Arabella, aunque más reservada, también le tomó cariño, pero con la cautela propia de quien ha sido educada para observar antes de confiar.
Su educación, pulida bajo normas de etiqueta y compostura, le había enseñado que los afectos eran valiosos, pero más aún lo era la prudencia.
Poco después, Thorne le presentó a uno de sus asistentes de confianza, Ciro. Era un hombre discreto, de cerca de 60 años, casi invisible, pero eficiente. Con él coordinaba las compras necesarias para el mantenimiento del castillo, la entrega de la ropa para lavar, y el paso programado de dos jóvenes que, cada quince días, venían a limpiar los cristales y encerar los suelos.
—Tareas demasiado pesadas para mujeres —había dicho Thorne.
Arabella estuvo de acuerdo. Fue ella quien dispuso que, durante esas visitas, tanto ella como Noelia se retiraran a una salita interior. Lo hizo por precaución. No quería malentendidos ni sobresaltos. Ya había suficiente historia en aquellos muros como para añadir nuevas habladurías.
Fue por esa vía también que encargó nuevos zapatos y algo de vestuario. Pero el resultado fue... decepcionante. Las prendas eran prácticas, sí, pero feas. Ropas de telas toscas, colores apagados, sin gracia alguna. Al principio no le dio importancia. Tenía muchas otras preocupaciones en la cabeza como para detenerse en eso.
Pero lentamente, casi sin darse cuenta, empezó a molestarle esa aspereza. No era solo la tela: era lo que representaba. Un abandono de sí misma. Un borrón sobre su reflejo.
Un día, en un gesto casi clandestino, rescató de su armario el vestido blanco. Aquel que tanto la había incomodado en el pasado. Lo lavó con sus propias manos y lo colgó al sol como un trofeo íntimo.
Esperó una mañana en que creyó que Thorne no estaba en casa, y se lo puso. La tela suave sobre su piel fue un alivio inesperado, como si recobrara algo perdido.
Se miraba en el espejo del salón —no con vanidad, sino con curiosidad, como preguntándose quién era esa mujer que la devolvía la mirada— cuando la puerta se abrió.
Thorne entró.
Arabella giró en seco. Se le heló el aliento. El vestido, su reflejo, la escena entera se le vinieron encima como un error imperdonable. Sin decir una palabra, salió corriendo por el pasillo, subió las escaleras y se encerró en su habitación. Minutos después, regresó con la cabeza baja y las ropas ásperas de siempre.
—¿Puedo ayudarle en algo, señor? —preguntó, casi en un susurro.
Thorne la observó en silencio. Luego, con una voz más seca que de costumbre, soltó:
—¿Por qué estás con esa ropa tan fea?
Arabella vaciló. No supo qué responder. Finalmente, con algo de vergüenza, dijo:
—Es la que me trajeron.
Él no replicó de inmediato. Bajó la mirada y murmuró algo que ella no entendió del todo.
—Haré que venga Josefina. Te llevará a comprar ropa. No quiero que me avergüences si recibo visitas.
Y sin añadir más, se fue.
Al día siguiente, el asistente se presentó con un sobre negro. Dentro, una tarjeta igualmente oscura, sin nombre, sin límite. Solo un número grabado con discreta elegancia.
—La señora Josefina vendrá la próxima semana —dijo.
Arabella sostuvo la tarjeta entre los dedos como si ardiera.
Josefina iba y venía. A veces una semana sí, otra no. Algunas veces se quedaba un par de días, otras solo pasaban a supervisar y partía antes del anochecer. Nunca explicaba demasiado, pero Arabella empezaba a intuir que Josefina era algo más que una antigua criada: era parte del equilibrio. Una figura que mantenía unido ese lugar que pendía siempre entre el orden y el abandono.
Y ahora, además, era quien la llevaría a vestirse como ella misma y quizás encontrarse de nuevo.
Comentarios
Publicar un comentario