Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 17 Fiebre e Incertidumbre


Arabella llega al castillo al atardecer, tras una cabalgata implacable. La empuja una urgencia que no logra entender del todo, pero que la consume por dentro. El viaje ha sido largo, cargado de incertidumbre, pero no hay espacio para detenerse. Su mente está en blanco, salvo por ese único propósito.


Al entrar, la recibe un silencio que cala hondo. No hay movimiento, no hay voces, solo una quietud inquietante. Algo no está bien.


Al desmontar, la escena frente a ella la golpea con fuerza: el castillo está en penumbra, sin un alma a la vista, sin ladridos, sin ruido alguno. Las cortinas cerradas y ese silencio denso le aprietan el pecho. Por un instante, el miedo más hondo se asoma: ¿y si Thorne ha muerto?


Pero entonces aparece Josefina —la ama de llaves— con el rostro pálido y los ojos llenos de angustia. Le toma las manos con fuerza y le dice, con un suspiro de alivio: “Gracias, señorita, por fin llegó”. Bella respira. Thorne vive… pero está mal, y la situación ha empeorado.


Sin perder un segundo, sube corriendo por las escaleras. El ambiente del dormitorio la envuelve como una nube pesada: oscuro, húmedo, cargado de fiebre. Hay un intento de cuidado, torpe, desordenado, improvisado. Un soldado trata de bajarle la fiebre, pero nada parece suficiente.


Arabella toma el control. Abre ventanas, ordena que despejen la habitación para que el aire fluya y pide que le preparen sopa de pollo. Deja la capa de viaje a un lado, se dirige a su habitación, se lava, se cambia, se recoge el cabello con gesto práctico. No lo hace por vanidad, sino por respeto. Él la había tratado siempre con dignidad, aunque sus palabras fueran pocas y medidas . Ahora le tocaba a ella retribuir ese gesto.


Cuando finalmente entra a la habitación de Thorne, lo encuentra sumido en fiebre, inconsciente. La estancia ya menos lúgubre, el aire ha circulado, como si también la habitación entendiera que llegó ayuda. No busca comodidad, sino crear un espacio donde él pueda respirar.


Hace llevar un sillón más cómodo, una mesa auxiliar. Se instala a su lado. Sabe que será una noche larga. No hay lugar para el cansancio ni para la duda. Solo queda estar presente.


En su interior no hay certezas. No sabe si mejorará, ni qué le depara el día siguiente. Pero hay algo firme que la sostiene: la decisión de quedarse. De acompañarlo. De cuidarlo. No por deber, sino porque Thorne se ha ganado su respeto y su lealtad.


Y así, mientras el castillo guarda silencio y la noche se adensa, Arabella permanece junto a él. En vela. En calma. En gratitud.


 

Comentarios

Entradas más populares de este blog

Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 1 – Entregada en Sacrificio

Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 5 Despertando en el nuevo hogar

Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 9 Telas, silencios y una tarjeta negra