Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 16 Regreso Precipitado

 Después de despedirse de Lucio, Arabella se sentía tranquila. Una paz que no recordaba haber sentido en mucho tiempo la envolvía.

Antes de regresar al castillo, pasó a visitar a Martha en el bosque. La anciana la miró con intensidad y le dijo:

—Estás transformada.

Arabella se detuvo en esa palabra: transformada, no cambiada. Le pareció curioso.

—Has crecido —añadió Martha—. Vas a estar bien.

Se lo aseguró con su voz sabia. Luego, como si no quisiera ahondar más, cambió el tono y comenzó a hablar de hierbas y remedios. Le pasó un paquete muy envuelto.

—¿Qué es? —preguntó Arabella.

—Hierbas que podrías necesitar. No las olvides —enfatizó.

Cuando Arabella ya se iba, Martha le dijo algo que la dejó desconcertada:

—Cuando llegues a tu nuevo hogar, mándame a buscar.

Regresó al castillo serena. Conversó un poco con Sofía, que había preparado sus platos favoritos, y esa noche durmió profundamente. Sin embargo, los sueños la traicionaron. Soñó que caminaba por un bosque oscuro, sin rumbo, sin luz. Se despertó con angustia. No sabía por qué, pero algo dentro de ella se revolvía.

Todo el día la acompañó esa inquietud. Una opresión en el pecho que no desaparecía. Al día siguiente, esa sensación se intensificó, y cuando escuchó el galope apresurado de un caballo, su corazón comenzó a latir con fuerza.

—Señorita —la llamó Sofía, asomándose con urgencia—, es para usted.

Arabella bajó corriendo. Vio a un soldado de Thorne, agotado, cubierto de polvo, que le extendía una nota. Le pidió a Sofía que lo atendiera, mientras, con manos temblorosas, abría la carta. Era de Josefina:

Señorita: el señor está muy enfermo. Regrese.

Nada más.

La angustia se transformó en certeza. Corrió a buscar a Noelia y a Sofía. Decidió partir al amanecer. No había tiempo que perder.

—¿Vendrías conmigo? —le preguntó a Sofía.

Sofía asintió con emoción contenida. Arabella le pidió que permaneciera por ahora, pero que se preparara para partir pronto, junto con los baúles donde había guardado sus pertenencias más preciadas.

Bajó a ver a su padre y le comunicó su decisión. Él se mostró sorprendido, pero no objetó. Parecía demasiado acostumbrado a dejarla partir.

Dejó una nota para Lucio, breve pero sentida. Y así, al amanecer, partió con los tres soldados de Thorne, Noelia y ella. Tomaron apenas lo indispensable. Esta vez no había lugar para demoras.

Cabalgaban con decisión, deteniéndose solo lo mínimo necesario para descansar y dar alimento a los caballos. Arabella no decía palabra, pero todo su ser gritaba por llegar.

Sabía que era grave. Thorne no enfermaba fácilmente. Y Josefina nunca habría escrito, de no ser por algo serio.


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