Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 15 Lucio

 Arabella no recordaba cuántos días llevaba llorando. ¿Tres? ¿Cuatro? ¿Cinco? Había perdido la cuenta. Como también había perdido la noción del tiempo que llevaba de regreso en el castillo. ¿Dos semanas? ¿Tres? Todo era una bruma. Se sentía adolorida en cuerpo y alma, agotada, saturada de desilusión. Ese día estaba nuevamente en su rincón junto a la fuente, llorando. Ya no con desesperación, pero sí con una tristeza tan honda que las lágrimas fluían como agua de llave abierta.

Entonces escuchó unos pasos.


Intentó secarse el rostro, calmar el temblor de su cuerpo, pero no lo logró. Y así la encontró Lucio: con el rostro cubierto de lágrimas, la mirada perdida en el vacío. Sin decir una palabra, él se acercó, sacó un pañuelo y le secó las mejillas. Luego la abrazó con firmeza y ternura, y eso desató aún más lágrimas. Arabella se aferró a él, como si en ese abrazo hubiera encontrado una orilla.


Lucio no preguntó nada. La dejó llorar, acariciándole el cabello, dándole suaves palmadas en la espalda, como quien acompaña un duelo que no necesita palabras. Él la quería. Ya la había consolado antes de que partiera al castillo de Thorne. La quería, sí, pero no la amaba. Ambos lo sabían. Nunca lo habían dicho en voz alta, pero estaba claro. Arabella no sabía si él comprendía la diferencia, pero no importaba. En ese momento, su presencia bastaba.


Cuando por fin logró calmarse, le contó todo. Todo lo que sentía. Todo lo que dolía. Él escuchó en silencio, tomándole la mano de vez en cuando, dándole su calor. Él entendía el dolor: hacía poco, la joven que amaba lo había dejado por un hombre más adinerado. Había sufrido profundamente, y Arabella lo había consolado entonces. Ahora sus heridas se hablaban, se reconocían. Y en esa pena compartida, nació una comunicación íntima, sincera.


Lucio volvió al día siguiente. Y al otro. Conversaron largas horas. A veces, él la abrazaba. A veces, le besaba la frente. Arabella se sentía cómoda, protegida, acompañada. Fue un bálsamo en medio del naufragio. En días recientes había sentido que su vida carecía de sentido, que nada valía la pena. Entre su padre y Jasper, su corazón había quedado hecho trizas. Y Thorne... Thorne parecía parte de otra vida. Lejana. Difusa. Un lugar donde ella solo ocupaba un pequeño rincón. Dudaba ya de todo: de sí misma, de su pasado, de su juicio.

Y en esa oscuridad, Lucio había sido un faro.


Hablaron también de Thorne. Lucio quería entender, pero no podía. Lo veía como un carcelero frío, un hombre sin alma, y nada que Arabella dijera cambiaba su opinión. Así que ella dejó de hablar de él. Un día, después de una tarde especialmente intensa, Lucio la besó con fuerza en los labios.

—Vámonos —le dijo—. Ven conmigo. Yo te cuidaré. Yo te defenderé.

Arabella le devolvió el beso, emocionada, confundida. Y ese día soñaron con una vida juntos. Con un hogar tranquilo. Con tardes de charla y paz.


Pero ya en la noche, sola en su habitación, la verdad se le reveló con claridad dolorosa. No era amor. Era cariño, afecto, una ternura profunda, sí. Pero no amor. Y también lo sabía de parte de él. Lo quería mucho, lo respetaba, lo admiraba. Pero su corazón no latía de esa forma por Lucio.


Al día siguiente, hablaron. Lo entendieron. Y lloraron un poco juntos. Lucio le hizo prometer que, si Thorne la trataba mal, le avisaría. Que él iría a buscarla sin pensarlo. Él ya no creía en el amor romántico. Solo deseaba una esposa que lo comprendiera, que lo quisiera bien y con quien pudiera envejecer en paz. Arabella creyó que eso podía haberlo tenido con él. Pero algo en su interior le decía que aún había algo más.


Se despidieron como los grandes amigos que eran. Ella siempre le agradecería haber recogido los pedazos de su corazón. Haber sido su luz en la oscuridad.


Lucio debía viajar por negocios. Se verían la próxima semana.


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