Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 14 Jasper

 La carta estaba doblada con esmero, como si el cuidado de sus dobleces pudiera suavizar el contenido. Arabella la sostuvo entre los dedos sin abrirla por largos minutos. El remitente, sin embargo, bastaba para agitarla: Jasper.


Había sido su primer amor, uno de esos amores suaves, nacidos al calor de las palabras, en los rincones secretos del jardín, entre los rosales y las confidencias murmuradas. Un amor sin contacto, sin promesas concretas, pero lleno de miradas que hablaban y canciones que decía haber compuesto para ella.


Finalmente, abrió la carta. Leía en ella una mezcla extraña de resignación y afecto.

"Arabella, me han dicho que estás de vuelta en el castillo. No sabes lo que mi corazón sintió al saberlo. Te amo. Siempre te he amado. Pero pensé que nunca regresarías... y mi familia, bueno, sabes cómo son. Me casaron con la hija del duque, y no pude negarme. No quería fallarles. Me pareció correcto. Aún creo que fue lo correcto.

Por eso no quiero verte. No puedo. No debo. Sería egoísta. No te escribiré más. Pero necesitaba que supieras que siempre ocuparás un rincón de mi alma. Perdóname si puedes."


Arabella terminó de leer y sintió un vacío frío en el pecho. No era solo la carta, era el tono. La certeza con la que Jasper justificaba su decisión. La forma en que, incluso ahora, se creía el héroe de una historia trágica, cuando en realidad, ella solo veía a un hombre que había elegido el camino fácil.


Y sin embargo, una parte de ella lo comprendía. Porque lo había conocido de verdad. Porque había amado su fragilidad, su sensibilidad, su manera de mirar las cosas pequeñas con asombro. Recordaba sus largas conversaciones en el jardín, los versos que él le recitaba, las veces en que le decía que era el destino el que los había unido, que su corazón le pertenecía.

—Mi alma te reconoce, Bella —le había dicho una vez—. Como si ya te hubiera amado antes de conocerte.


Ella había creído en ese amor. Había creído que su ternura podría darle a Jasper la valentía que necesitaba. Pero no fue suficiente. Su amor había sido como una flor del desierto: hermosa, rara, efímera. Y frágil.


Arabella había oído en los pasillos que Jasper llamaba "su princesita" a su nueva esposa. Que le prometía envejecer a su lado, que se desvivía por complacerla pese a sus caprichos y humillaciones. Le dolía. Le dolía profundamente. Porque habría querido que, al menos, fuera feliz. Pero conocía a esa joven: no sólo era caprichosa, también era inconstante, enamoradiza y manipuladora. Ahora ella recibía las canciones, los poemas, los gestos dulces que una vez fueron suyos.

Y Arabella lloró.


Por fin, permitió que las lágrimas fluyeran. Se refugió en un rincón del jardín, junto a la vieja fuente. El sonido del agua amortiguaba sus sollozos, y eso le daba un poco de consuelo. Lloró por lo que había sido, por lo que había creído, por lo que nunca sería. Lloró por sentirse invisible, por amar tanto y recibir tan poco.

Lloró porque en ese momento comprendió algo esencial: en su vida, nunca había sido amada por quien verdaderamente era. Había sido admirada, idealizada, moldeada. Pero no amada en su esencia.


Cuando las lágrimas se agotaron, se lavó el rostro y regresó al castillo. Con paso firme. Con la espalda erguida. Con una sonrisa cortés, si era necesario.


Pero cada día, mientras duró su visita, regresaba al mismo rincón del jardín. Ahí donde el agua caía, y donde por fin había aprendido a mirar su corazón.

Y lloraba. Hasta que el alma se le fuera aliviando.


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