Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 13 El Padre
Durante los primeros días, Arabella procuró estar cerca de su padre.
Él se alegró sinceramente de verla. Le acarició el cabello como cuando era niña, le pidió que se sentara junto a él en la galería donde solía leer los informes del reino, y le relató, entre sonrisas y toses suaves, alguna anécdota de cuando ella tenía seis o siete años. Reía con una ternura apacible, como si el tiempo no hubiera pasado, como si ella no hubiera partido jamás.
—¿Te acuerdas de cuando te escondiste en los barriles de manzanas? Creíamos que habías desaparecido y el castillo entero te buscaba… —decía con voz nostálgica, sin mirar demasiado.
Arabella asentía. Recordaba. Pero no del mismo modo. Ella ya no era la niña de los barriles. Él tampoco era el padre que recordaba.
La conversación era amable, incluso cálida, pero superficial. No hubo una sola pregunta real sobre su vida con Thorne. Ni una sobre cómo se había sentido, qué temores había tenido, si había llorado o si alguna noche había deseado volver a casa. Solo un “¿Te han tratado bien?” lanzado con prisa, como quien pregunta si el clima estuvo bueno en el viaje.
Arabella comprendió, con un nudo en el pecho, que su padre no quería saber. Porque saber implicaba asumir. Y asumir era aceptar que él la había entregado. Que, a su modo, la había abandonado.
Ese pensamiento se le incrustó en el alma como un vidrio roto. No sangraba por fuera, pero por dentro... por dentro dolía con cada respiración. Fue un dolor silencioso, lacerante. No tenía forma de grito, ni salida en lágrimas. Era un cuchillo helado que se quedaba quieto en el pecho, oprimiéndola cada vez que se cruzaba con su padre o con lo que fue su antigua vida. Y en ese castillo… eso significaba casi todo el día.
Una tarde, mientras caminaba sola por el jardín lateral —ese donde jugaba de niña—, un recuerdo volvió como una ráfaga tibia y amarga. Tenía nueve años y había bordado, con esfuerzo, una pequeña flor en un pañuelo de lino. Se lo llevó a su padre, feliz, orgullosa, buscando su mirada, su alabanza. Él lo tomó con una sonrisa rápida, le revolvió el cabello y siguió firmando papeles. Luego dejó el pañuelo olvidado entre otros documentos. Nunca volvió a hablar de él.
No fue crueldad. Fue… invisibilidad. Eso era lo más difícil de nombrar. No había sido maltrato, pero sí la sensación constante de no ser del todo vista. De ser querida, quizás, pero no conocida.
Ahora, adulta, todo encajaba como piezas de un rompecabezas que dolía armar.
Su padre dividía sus días entre la recuperación y los asuntos del reino. Aunque todavía debía descansar, se obligaba a asistir a reuniones con sus ministros, a firmar decretos, a recibir reportes. Cuando tenía un momento libre, Arabella era bienvenida en su estudio o en el jardín, pero solo por un par de horas. Luego él se disculpaba con gentileza: necesitaba dormir, debía ocuparse de algo, le dolía la pierna.
Arabella empezaba a verlo con otros ojos. Era un buen gobernante. Eso no podía negarlo. Velaba por el bienestar del pueblo, por la administración del castillo, por los más necesitados incluso. Pero… ¿y ella?
¿La veía? ¿Alguna vez la había visto de verdad?
No lo sabía. Y esa duda la carcomía más que una certeza cruel.
En cambio, en el castillo de Thorne —tan frío al comienzo—, algo había sido distinto.
Él no era un hombre de palabras ni de gestos grandilocuentes. Pero… la había visto. Había despedido a las criadas que no la respetaban. Le había asignado solo personas que la cuidaran. Le había enviado ropa —fea, es cierto, pero pensando en su comodidad—. Y cuando notó su incomodidad, le dio libertad y medios para elegir por sí misma. La observaba. A veces sin hablar. Pero con atención.
Eso dolía también. Dolía porque no venía de quien ella lo había esperado toda la vida.
En los pasillos, algunos criados la trataban con respeto, sobre todo los más antiguos: el mayordomo, Sofía, un par de cocineras. Pero la mayoría evitaba cruzar miradas. Algunos fingían no reconocerla. Otros la miraban como si fuera una huésped que se había instalado por demasiado tiempo.
Ya no era la hija del castillo. Era… un fantasma de lo que había sido.
Intentó ayudar con pequeños asuntos, dar instrucciones sobre la organización de las despensas, revisar los libros de cuentas, pero la respuesta era siempre un "ya está resuelto" o un "no se preocupe, señorita". No había espacio para ella. No en esa casa. No en esa vida.
Arabella empezó a pasar más tiempo sola. A caminar por los jardines, que ya no eran suyos. A sentarse bajo los árboles con sus pensamientos, que eran cada vez más densos.
Veía a su padre de lejos, rodeado de papeles y consejeros. Y sentía que lo conocía menos que a Thorne.
Él nunca había sido cruel. Nunca le gritó, nunca fue injusto. Pero ahora se daba cuenta de que tampoco había sido su refugio.
Y eso dolía de un modo que no podía explicarse con palabras. Solo con ese peso en el pecho. Con esa sensación de estar de más, incluso en el lugar que la vio nacer.
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