Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 12 El Regreso

 Cinco días después, al amanecer, Arabella partió.

Así era Thorne: una vez tomada una decisión, no había lugar para demoras ni reflexiones largas. Lo que debía hacerse, se hacía. Con rapidez, con precisión.

Partieron con la primera luz.

Cinco soldados los escoltaban. Entre ellos, uno de los generales más antiguos y leales de Thorne. Iban armados, pero sin ostentación. Montaban con paso firme, las espaldas rectas, el rostro impenetrable. Noelia la acompañaba como dama de compañía; no sabía montar, así que viajaría con Arabella en el mismo caballo. No era lo más cómodo, pero no se trataba de comodidad.

Arabella había preparado solo lo necesario: dos vestidos sencillos de recambio, un pequeño bolso con útiles personales, y un extraño atuendo de viaje que Josefina le había ayudado a confeccionar. Era una mezcla de pantalón y sobrefalda desmontable, diseñada para permitirle montar sin renunciar al decoro.

El viaje fue rápido, sin complicaciones.

Los soldados hablaban lo justo. Con respeto.

Arabella y Noelia dormían en una pequeña carpa que los hombres montaban al anochecer. La cena era frugal: pan, frutas secas, algo de caldo. Al amanecer, partían de nuevo.

Llegaron con la luz final del día.

La casa apareció en el horizonte como un recuerdo que duele por dentro.

Arabella no dijo nada, pero algo en su pecho se encogió al verla.

La llegada fue recibida con sorpresa. Los criados interrumpieron sus tareas. La cocinera asomó la cabeza desde la puerta. Un mozo dejó caer una canasta. Pero la presencia de los soldados impuso un respeto inmediato. Nadie preguntó nada. Nadie objetó nada. Se les ofreció agua, habitaciones, ayuda. El nombre de Thorne no fue pronunciado, pero flotaba en el aire como un eco invisible.

Tres soldados partirían al día siguiente. Los otros dos se quedarían hasta su regreso.

Hasta ahí, todo iba bien.

La desilusión llegó cuando Arabella subió las escaleras y se dirigió, por costumbre, a su antigua habitación.

Ya no existía.

Había sido redecorada.

Convertida en una elegante habitación de invitados, sin ningún rastro de su paso por allí. Los colores eran otros. Las cortinas, distintas. Su cama, su escritorio, su sillón bajo la ventana… todo había desaparecido.

Era una habitación sin historia.

Como si ella nunca hubiera vivido en esa casa.

La encontró Sofía en el pasillo. Ya no era su doncella. La habían reasignado como mucama. La abrazó con torpeza, como si no supiera bien si podía o debía hacerlo.

—Lo siento, mi niña. Dijeron que ya no tenía sentido mantener esa habitación cerrada tanto tiempo… Pero yo… —bajó la voz, cómplice— yo guardé tus cosas. Tus vestidos, tus cuadernos, las cartas de tu madre. Todo está a salvo, en la bodega. No dejé que los tocaran.

Arabella la miró con los ojos llenos de sorpresa.

—¿De verdad?

—No podía soportar que lo borraran todo —dijo Sofía con una sonrisa temblorosa—. Era como si quisieran hacer de cuenta que nunca estuviste aquí.

Arabella no respondió. Pero el nudo que sentía desde que había puesto un pie en la casa comenzó a aflojarse.

No todo se había perdido.

No todo había sido olvidado.

Abrazó a Sofía con fuerza, con sinceridad.

No había muchas palabras que pudieran decirse.

Solo ese gesto. Solo esa gratitud.

Más tarde, su padre la recibió con alegría genuina. Aun convaleciente, le abrió los brazos y la besó en la frente. Le preguntó cómo estaba, le pidió perdón por no haber escrito antes, y le explicó, algo incómodo, que pensaron que lo mejor era esperar. Que no sabían si estaba bien. O si podían hacerlo.

Arabella lo escuchó en silencio.

Había envejecido.

Su caída lo había dejado más frágil. Y, sin embargo, la pregunta que no dijo se sintió tan fuerte como si la hubiera gritado:

¿Cuánto tiempo piensas quedarte?

Arabella no supo qué responder.

La verdad era que tampoco lo sabía.

La casa ya no era suya. Pero tampoco lo era aún el lugar al que volvería.

Y así, en ese umbral entre lo que fue y lo que será, terminó el día.

Con los baúles aún cerrados en la bodega.

Con el corazón lleno de nombres antiguos y silencios nuevos.

Con la sensación de estar en todas partes y en ninguna.


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