Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 10 Paquetes, silencios y un chaleco gris

 

El día llegó más pronto de lo que esperaba. Arabella partió con Josefina a la ciudad, envuelta en una emoción que no sabía muy bien cómo ordenar. Iba inquieta, como una niña que se aleja por primera vez del internado, libre pero algo avergonzada por sentirse así.

Thorne… No entendía bien a Thorne.

No la trataba como una prisionera, eso era cierto. Pero tampoco como a una simple sirvienta. Se movía en un espacio ambiguo, entre ama de llaves y algo parecido a… una figura familiar. Una protegida, tal vez. Una confianza silenciosa.

Siempre se dirigía a ella con cortesía. A veces con una distancia casi gélida, pero nunca con desprecio. Y sin embargo, cada gesto —pequeño, inadvertido, preciso— le hablaba de una atención constante. Como si él viera más de lo que decía.

La ropa. Las criadas. Las instrucciones con Ciro. Todo tenía una lógica que la sorprendía: no era un hombre generoso, era un hombre observador. Y en esa observación había más cuidado del que ella había recibido jamás.

En su vida anterior, sí, le dieron muchas cosas. Ropas, joyas, perfumes caros. Pero eran siempre elecciones ajenas. Caprichos impuestos. Jamás alguien pareció preguntarse: ¿Qué necesita realmente? ¿Qué le hace bien?

No sabía explicarlo. Pero con Thorne había una diferencia.

Ese día en la ciudad fue casi alegre. Josefina, con su paso firme y su expresión de esfinge, la acompañó por los pasillos de las tiendas.
Arabella eligió varias prendas: sencillas, sí, prácticas, cómodas… pero con una elegancia natural, con cortes cuidados y telas suaves que recordaban quién era. Eran vestidos dignos de una señorita, no de una criada. Con ellos, por fin, podía sentirse a gusto en su propia piel.

Y entonces los vio.

Eran dos vestidos distintos a los demás. No estaban hechos para el trabajo, ni para andar por el castillo. Eran vestidos de otro mundo: fluidos, delicados, de telas finas que parecían capturar la luz. Con detalles en las mangas y el escote, con un aire de gala, de cena formal, de velada lejana y elegante.

Arabella se quedó frente a ellos más tiempo del que pensaba. Dudó. ¿Qué sentido tenía?

Josefina, que lo notó todo sin apenas mirar, murmuró:
—Por si hay visitas. De otros reinos. Tal vez debas recibirlas.
Arabella asintió, agradecida por la excusa.

Compró también útiles de aseo, zapatos cómodos para andar por el castillo, y, en un arrebato, eligió un pañuelo bonito para Josefina. Luego, delantales nuevos para Domitila y Noelia, con flores bordadas en el borde. No eran regalos lujosos, pero los eligió con cariño, uno por uno.

Cuando ya se disponía a marcharse, pasó frente a la sección de ropa de hombre. No pensaba detenerse, pero se quedó mirando dos chalecos de lana gris. Eran simples, pero cálidos. Y pensó en Thorne, en cómo siempre estaba con ropa rígida, formal, incluso dentro del castillo. Sin pensarlo más, pidió que se los envolvieran.

Volvieron al castillo al anochecer. Arabella traía los brazos cargados de bolsas, el rostro ligeramente sonrojado por el viento de la tarde, y una felicidad discreta que apenas se atrevía a reconocer.

Subió a su habitación, eligió uno de los vestidos de casa —cómodo, pero con tela suave, de señorita y no de criada—, y fue a ver a Thorne. Quería agradecerle.
Se detuvo frente a su despacho. Tocó. Una voz lejana dijo:
—Adelante.

Entró con paso contenido, sin levantar la mirada. No vio la sorpresa en el rostro de Thorne, acostumbrado ya a verla despeinada, vestida con telas ásperas. De pronto, le pareció verla por primera vez. Y la encontró… bella.

Ella se plantó delante de su escritorio, muy tímida.
—Quería agradecerle —dijo, en voz baja—. Por su amabilidad. Por todo.
Él no respondió de inmediato. El silencio entre ambos era largo, pero no incómodo. Estaba absorto, reflexionando. Se sintió de pronto culpable. Nunca había sido su intención hacerla pasar penurias. Y ahora que la miraba, comprendía que había actuado como si el sufrimiento le correspondiera solo por haber llegado ahí.

Ella no era culpable de nada. Y, en estos meses, le había demostrado que tampoco era una amenaza.

Cuando Arabella alzó por fin la mirada, se encontró con sus ojos serios, sí, pero menos temibles que antes. Más serenos. Más… humanos.
—¿Eso es para mí? —preguntó Thorne, alzando una ceja al ver el paquete en sus manos.

Ella extendió el envoltorio hacia él, sin atreverse a hablar.
Él lo tomó por inercia, como quien obedece una orden silenciosa. No supo qué decir. Arabella no sabía que él nunca recibía regalos. Y lo que era peor: no podía recordar la última vez que alguien le había dado uno.

Ella hizo una pequeña reverencia y salió casi corriendo de la habitación, como si temiera haber cometido una imprudencia.
Desde ese día, algo cambió.

No de forma evidente. Pero los silencios empezaron a parecerse más a los que comparten dos viejos amigos, y no un amo y su sirvienta.
Arabella empezó a desayunar con él. A veces hablaban de la casa, de cosas sencillas. Otras veces solo compartían el pan y el té sin decir palabra, como si esa forma de compañía bastara.

Como la casa estaba ya en orden, Arabella comenzó a retomar sus lecturas. Volvió a coser, a bordar, a escribir en una libreta pequeña. Se instalaba en el salón, con los ventanales abiertos y la luz entrando como agua tibia.

Y allí, poco a poco, Thorne empezó a aparecer.

Se sentaba en un sillón del otro extremo, vestido con uno de los chalecos grises. Abría un libro. Leía. A veces llegaba Ciro y le entregaba papeles, o le hablaba en voz baja. Luego, volvía el silencio. Y ella seguía bordando, como si siempre hubiese sido así.

Así, lentamente, Arabella empezó a formar parte de la casa.

Hasta que, una mañana, Ciro apareció con una carta en la mano. La dejó, como de costumbre, sobre el escritorio de Thorne sin decir palabra.

Arabella, desde el salón, lo vio todo.

Era la primera carta que llegaba desde su antiguo hogar.
Y, para su sorpresa, no iba dirigida a Thorne. Iba dirigida a ella.

Pero fue Thorne quien la tomó.

La sostuvo entre los dedos por un momento largo, sin abrirla. Levantó una ceja con gesto pensativo, y luego la giró lentamente en sus manos, como si no supiera muy bien qué hacer con ella. La observaba como quien examina un objeto extraño, o tal vez peligroso. Algo que podría, con solo abrirse, desordenar demasiado.

Finalmente, sin decir una palabra, se levantó y caminó hacia Arabella.

—Para ti —dijo, y le entregó la carta con un movimiento breve, casi distraído.

Luego se dio media vuelta y salió de la habitación.

Arabella se quedó allí, con la carta temblando entre los dedos, sin atreverse aún a romper el sello.




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