Bella y El Reino Quebrado - Capítulo 11 El trato

 Arabella no recordaba la última vez que había visto su nombre escrito con aquella caligrafía.

Al romper el sello, sintió un temblor involuntario en las manos. Durante meses había oscilado entre la resignación y la duda: a veces creía que su familia la había olvidado por completo, otras veces pensaba, en sus momentos más sombríos, que tal vez era Thorne quien retenía las cartas sin decirle nada.

Pero esa carta, inesperada y temblorosa, había llegado.

Y era de Sofía.
“Mi querida señorita,”
“No sé si esta carta le llegará, pero sentí que debía intentarlo. La extraño mucho. La casa no es la misma sin usted. A veces entro a su habitación solo para ver si ha vuelto. A veces me parece escuchar sus pasos…”
“Sé que no me corresponde, pero creo que debe saberlo. Su padre se cayó del caballo hace unos días. Estuvo inconsciente, pero ya ha despertado. Tiene la pierna rota, y está débil… pero parece estar fuera de peligro.”
“Me disculpo si esto le causa inquietud. Solo pensé que merecía saberlo.”
“Con afecto,
Sofía.”

Arabella volvió a leer la carta con lentitud. La letra de Sofía era apretada, ligeramente temblorosa, como si le costara decidir si escribir o no. Era una carta sencilla, sin adornos, pero el cariño estaba en cada palabra. No era una carta de la familia. No había tono oficial ni solicitudes. Era una voz conocida que, con ternura, le decía: no te hemos olvidado del todo.
Y eso bastó para estremecerla.

Durante los días siguientes, Arabella no habló del tema. No pidió permiso. No hizo alusión a su padre. Pero Thorne la observaba. Sabía. Le bastaba verla con la mirada baja, el andar más lento, la respiración contenida en ciertos silencios para entender que algo se había movido dentro de ella.

Él también había recibido su propia carta. Una segunda, más formal. Solicitudes cuidadosas, diplomáticas. Le pedían, por razones humanitarias, que permitiera a Arabella visitar a su padre.
No le gustaba.
No le gustaba el momento, ni el tono, ni el súbito interés después de tantos meses de silencio.

Su mente calculadora lo vio con claridad: una oportunidad perfecta para librarse de ella.
Nadie lo juzgaría. Podía permitirle partir… y no volver.
Pero la idea no lo tranquilizaba.

Arabella se había vuelto parte del ritmo de la casa. Su presencia era discreta, como una música suave que acompaña sin imponerse. Y con el tiempo, esa compañía se había vuelto natural, necesaria. Incluso grata.
Quizás, pensó, estaba bajando demasiado las defensas.
Quizás lo mejor sería tomar distancia.

Y sin embargo…
Ella es parte del trato, se dijo.
Es mía. No tengo por qué ceder lo propio.
Y aun así, respiró hondo y se dijo que sería magnánimo. Solo por un mes.
Salió del despacho con paso firme y la encontró en la galería, bordando en silencio.

—Tu padre está enfermo —dijo con tono neutro—. Me han pedido que autorice tu visita. Puedes ir.

Pero en un mes debes estar de regreso. No olvides que tenemos un trato.
Arabella lo miró, paralizada.
Sus labios se abrieron apenas, como si la respuesta no encontrara salida.
No sabía si debía llorar, correr a empacar o simplemente abrazarlo. No sabía lo que sentía.

Solo logró asentir con un leve temblor en la cabeza. Y seguir mirándolo, como si él, con esas palabras, le hubiera abierto una puerta que ya no podría cerrar del todo



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