Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 4 El Castillo Oscuro

 Después de horas de cabalgata, finalmente hicieron un alto.


Uno de los soldados levantó una pequeña tienda para ella.

Los demás durmieron a la intemperie, sin una queja.

Le ofrecieron comida sencilla y agua.

Nada más.


Casi no hablaron con ella. Ni la miraban.

Se dirigían a ella solo cuando era estrictamente necesario, con frases cortas y neutras.

Tampoco hablaban entre ellos.


El silencio los envolvía a todos, como una capa más pesada que el frío.

Al anochecer del segundo día, llegaron al castillo.

La fortaleza se alzaba sobre una colina nevada, oscura y silenciosa, como si se hubiera esculpido directamente desde la roca.

No tenía luces en las ventanas, ni antorchas encendidas.

Solo la luna y el viento.


Y una puerta que se abrió con un sonido de hierro viejo.

Arabella apenas podía mantenerse en pie.

El cuerpo le dolía entero.

Cada músculo. Cada hueso.

Dentro de sí, se felicitó por haberse puesto ropa gruesa y resistente.

De haber viajado con ese vestido blanco, no habría resistido ni medio día.

Se sentía sucia, adolorida y agotada.

Thorne no dijo una palabra.


Solo pronunció un seco:

—Sígame.

Caminaron por un pasillo largo y frío.

Los muros estaban desnudos, el suelo de piedra sin alfombras, y el aire tenía un olor a humedad antigua.


Finalmente, abrieron una puerta pesada.

La habitación era oscura y sencilla.

Una cama sin hacer, apenas cubierta por un montón de cobijas y sábanas dobladas.

En una mesa de madera gastada había un jarro con agua, dos palanganas, y una toalla enrollada.

Nada más.

Ni siquiera una vela.



Thorne dejó la puerta abierta un instante.

Arabella pensó que quizá diría algo. Una instrucción. Una advertencia.

Pero no.

Él se volvió y se marchó sin decir palabra, cerrando la puerta tras de sí.

La oscuridad fue inmediata.

Pesada.


Arabella, a tientas, encontró el jarro.

Se lavó como pudo, usando el agua fría que le hizo doler los dedos.

Se quitó la ropa sucia, buscó entre sus cosas una muda seca, y se vistió con lentitud y torpeza.

Luego se enrolló en las mantas.

No intentó entender nada.

No intentó pensar.

Solo dejó que su cuerpo cayera al sueño como una piedra al fondo de un pozo.



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