Bella y el Reino Quebrado - Capitulo 2 Thorne, el Señor de los Dominios Quebrados

Thorne hacía mucho que había dejado de sentir dolor o tristeza.

Si es que alguna vez los sintió, no lo recordaba.

Y tampoco le hacía falta.

Su actuar era frío, preciso, sin espacio para las dudas. Se relacionaba con pocos y confiaba en menos aún. Para la mayoría, era una figura distante, envuelta en sombra, una presencia más que un hombre.

Pero era el Señor de los Dominios Quebrados, y eso bastaba.

Dueño de territorios inmensos —llanuras eternas, montañas nevadas, bosques que susurraban nombres olvidados—, Thorne gobernaba con una mezcla exacta de orden, justicia y severidad.

Era respetado por su gente, temido por sus enemigos.

Y eso lo hacía sentirse satisfecho.

Orgulloso, incluso.

No necesitaba afecto, ni compasión.

El respeto era suficiente.

Vivía en la gran fortaleza de piedra oscura que se alzaba sobre los riscos del valle.

Su castillo, construido hace siglos por su linaje, parecía una extensión de la montaña: indestructible, callado, vigilante.

Pocos eran los que cruzaban sus puertas.

Menos aún los que lo miraban a los ojos.

Thorne era un hombre grande, de hombros anchos y cuerpo forjado en años de batalla.

Tenía el rostro marcado por una cicatriz profunda en la mejilla izquierda, producto de una antigua quemadura.

Su voz era grave, cortante, como si no tuviera tiempo para repetir una orden.

Caminaba con paso firme, con una energía contenida que llenaba cada sala antes de que hablara.

Siempre serio, siempre exacto.

Y aunque nadie se atrevía a decírselo en voz alta, a sus espaldas muchos lo llamaban la Bestia.

Sus cicatrices, su porte, y su carácter formaban un todo que no buscaba temer, pero que nadie podía evitar temer.

Muchos murmuraban que aquellas marcas eran el precio de una traición.

Otros, que eran la consecuencia de un hechizo que él mismo se impuso.

Thorne jamás lo confirmó.

Jamás negó nada tampoco.

No hablaba de su pasado.

No creía en la redención.

Y así como era implacable, también era justo.

Había aprendido —a golpes, a pérdidas, a sangre— que cuando alguien lo pasaba a llevar, la respuesta debía ser inmediata y fuerte.

No por rabia.

Por estructura.

Por ley.

La compasión, en su experiencia, solo traía consecuencias.

Perdonar una ofensa abría la puerta a diez más, y lidiar con eso era agotador.

Por eso, cuando supo de la invasión a sus tierras, no dudó.

Decidió actuar de inmediato.

No quería una disculpa vacía ni una oferta simbólica.

Quería una compensación que les doliera.

Una que les hiciera entender que no se profanaba su frontera sin pagar un precio real.

Sabía que su nombre generaba temor.

Los rumores —algunos ciertos, otros cultivados por conveniencia— se habían convertido en advertencias vivas.

Y Thorne sabía cómo usar eso.

Así que pidió lo impensado: a la hija del ofensor.

Arabella.

Sabía que era su única hija, su joya, su heredera.

Había oído hablar de ella más de una vez.

La había visto solo una vez, de lejos, en una feria donde, por razones diplomáticas, se dejó ver.

Su belleza no le importó. La belleza, para él, era como una flor silvestre: agradable, pero irrelevante.

Pero algo en ella llamó su atención.

No supo si fue la postura, la mirada serena, o la manera en que parecía caminar sin miedo en medio de los halagos.

Había en ella un aire de fortaleza… y de luz.

No dulzura vacía. No coquetería.

Presencia.

Por eso la pidió.

No porque la quisiera.

Sino porque creyó que se negarían.

Y así tendría una excusa para exigir algo aún más valioso.

Pero aceptaron.

Sin condiciones. Sin demora.

Sin lucha.

Y eso, más que cualquier otra cosa, le causó curiosidad.

¿Qué clase de padre entregaba así a su única hija?

¿Era un truco? ¿Una trampa?

¿O simplemente, un hombre débil?

Ahora tenía una promesa de paz, firmada con tinta y orgullo… y una joven noble que llegaría en tres días.

Y no sabía qué hacer con ella.

Su castillo no era lugar para mujeres.

Era austero, oscuro, funcional. Silencioso. Y así le gustaba.

Enviar a Arabella a otro sitio no le parecía justo.

Él no era cruel.

Duro, sí.

Pero no injusto.

Y además, una joven como ella, tan observada, tan distinta, generaría problemas.

En sus dominios, abundaban los hombres: soldados, forjadores, cazadores.

Las mujeres que vivían allí eran discretas, prácticas, habituadas al ritmo severo del lugar.

Nadie como ella.

No estaba preparado para recibir belleza, nobleza y carácter en su propia casa.

Y sin embargo, la había pedido.

Thorne se pasó una mano por la barba oscura, mirando por la ventana de su estudio hacia las montañas.

El viento golpeaba las piedras como una advertencia.

Algo se avecinaba.

Y por primera vez en años,

no sabía qué esperar.


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