Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 8 - Empezando una nueva vida

 Arabella se había despertado antes del alba.

El castillo aún dormía. Los pasillos, oscuros y vastos, se extendían como venas frías bajo la piel de piedra. A cada paso, el eco de sus movimientos parecía quedar suspendido en el aire, como suspiros, como recuerdos que no terminaban de desvanecerse.

Se deslizó hasta la cocina, guiada por el instinto, con la intención de preparar algo caliente. Entendía que era su obligación encargarse del desayuno. Allí, el aire olía a hierro viejo y hollín dormido. Se detuvo frente a los fogones, reliquias de otros tiempos. Tocó con cuidado las ollas alineadas como centinelas, y se inclinó, buscando algún mecanismo que devolviera vida al fuego. Pero no halló respuesta. Todo era inerte.


Fue entonces cuando la puerta se abrió con un lamento sordo.


Entraron dos figuras: una anciana de cuerpo robusto, el cabello blanco recogido en un moño que no admitía réplica, y a su lado, una muchacha de pasos apenas audibles, que no alzaba la vista del suelo. Parecían formar un mismo cuerpo en dos tiempos: la firmeza de la raíz y la fragilidad del brote.


La anciana —Josefina, la llamaban— la miró detenidamente, sin urgencia, sin juicio. Había oído historias: que la joven había despedido a dos doncellas con una dureza inesperada. Pero Josefina no creía en rumores. Conocía al señor del castillo desde que él era apenas un niño que gateaba entre los matorrales del jardín. Su lealtad era antigua, tejida con paciencia. Y si él confiaba en Arabella, ella también sabría observar antes de decidir.


Arabella se volvió con una sonrisa franca, que parecía pedir disculpas por invadir un lugar que no era aún suyo.


—Buenos días —dijo con voz suave—. Soy Arabella. Quería preparar el desayuno, pero no sé cómo encender los fogones.


Josefina alzó una ceja. Había en esa joven algo difícil de nombrar, como una nota disonante que, sin embargo, embellece la melodía. Sin responder directamente, se giró hacia la muchacha.


—Noelia, ven. Vamos a enseñarles a encender como se debe, antes de que se quemen las manos o el pan.


La anciana explicó con precisión los secretos del encendido, como quien transmite una herencia silenciosa. Luego las dejó solas y se encaminó, sin anuncio, al despacho del señor.


Thorne fue directo, como de costumbre:


—Arabella será la nueva ama de llaves. Si tu nieta desea quedarse a su servicio, bien. Si no, busca dos criadas nuevas. Que sean discretas, limpias y respetuosas. Luego puedes volver a casa. Y gracias, Josefina.


Ella asintió, sin discutir, aunque por dentro una inquietud antigua se removía. Chicas jóvenes, un amo soltero... ya se imaginaba lo que podía haber sucedido. Pero Noelia miraba a Arabella con una mezcla de admiración y ternura que la desarmaba. Josefina, con ese sexto sentido de las mujeres que han criado a muchos, supo en ese instante que su nieta estaba empezando a quererla, a admirarla… tal vez demasiado rápido.


Pero Noelia siempre había tenido buen instinto con las personas y con los animales. Esa certeza le trajo calma, y al mirar de nuevo a Arabella, lo hizo con una atención más benevolente, más abierta.


Decidió quedarse un par de semanas. Solo hasta que todo estuviera en orden. Pensó en Domitila, una viuda sensata, buena cocinera, mujer callada de manos hábiles. Sería una buena ancla para ese castillo que parecía deshacerse entre rumores.


Así, poco a poco, Arabella empezó a tejer su rutina. Aunque joven, no era ajena al orden ni al trabajo. No tuvo madre que le enseñara, pero sí niñeras, institutrices y amas de llaves que le dejaron saber cómo sostener una casa. No le costaba organizar, ni doblar sus mangas si algo debía hacerse. Aquellas tareas, lejos de pesarle, le ayudaban a calmar la mente.


Cada día se sentía más cómoda con la señora Josefina, cuyo rigor escondía un afecto que crecía como una raíz paciente.


A Thorne apenas lo veía. Lo justo. Lo necesario. Desde el primer día, él había dejado instrucciones claras: solo Josefina —cuando estuviera en el castillo— o Arabella debían acercarse a él directamente, ya fuera para consultas, para transmitir alguna necesidad del servicio, o simplemente para atenderlo. No quería perder tiempo con más personas.


Era una decisión que, sin saber por qué, a Arabella le había provocado un leve temblor en el pecho.


Y aunque sus encuentros eran breves —una mirada al pasar, el roce de una taza al ser servida—, había entre ambos una especie de electricidad suave que Arabella no terminaba de entender. Ni de evitar.


Y sin embargo, pese a todo, pese a lo nuevo, pese a la bruma de algo que quizás era curiosidad, cercanía o un raro compañerismo, Arabella sentía paz.

Una paz extraña, como si hubiera bajado de un tren en marcha y, por fin, pudiera descansar. Cada noche se acostaba rendida, los músculos entregados al sueño, el alma menos crispada.


Solo una sombra persistía. No pesaba, pero no se iba.

Era una pregunta sin palabras: ¿Qué estaría ocurriendo allá, en su antiguo hogar?


Como un eco que no quiere apagarse.

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