Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 7 La primera tarea
Arabella se quedó sola en la cocina.
El eco de los pasos de Thorne se disipó rápidamente, como si nunca hubiera estado allí. El silencio volvió a instalarse. Esta vez no era molesto, más bien se sentía como un leve alivio, y curiosamente, también cierta seguridad.
Se sentía desconcertada y, al mismo tiempo, tranquila. Desconcertada porque todo había sucedido muy rápido. Tranquila porque, por la forma en que Thorne se refirió a ella y pidió que le llevaran comida y vestimenta, comprendió que no era una prisionera sujeta a castigo, sino más bien una especie de huésped forzada. Con eso en mente, se sentó y comenzó a analizar la situación.
Las sirvientas claramente habían desobedecido una instrucción. Cuando eso sucedía en casa de su padre, él enfurecía. En situaciones similares, primero gritaba, luego mandaba dar un mínimo de cinco azotes, y después las dejaba volver a sus funciones.
Arabella lo había visto antes. Cuando era adolescente y aún idealista, una vez cuestionó ese tipo de castigo —por fortuna, solo frente a su niñera— o se habría ganado una bofetada en la boca o algún varillazo. Entre la nanny y el mayordomo le explicaron que, en un país que eventualmente enfrenta guerras, un líder necesita la certeza de que sus órdenes serán acatadas.
Ella preguntó: ¿y si la orden es errónea? Ambos guardaron silencio. Luego, el mayordomo respondió con cautela: depende del líder. Algunos, como la jefa de las mucamas, permitían sugerencias si una orden parecía problemática. En esos casos, ella corregía o confirmaba. Otros, como un general, si daban una orden difícil de cumplir, lo esperado era preguntar: "Señor, ¿enviamos alimentos o hay alguna ciudad cercana donde abastecerse?". Así se planteaba la dificultad, pero jamás se ignoraba una orden. Si nadie decía nada, se entendía como cumplida.
Thorne no gritó ni golpeó. Por lo que se decía de él, uno imaginaría que las decapitaría. Pero simplemente las expulsó. No sabía si eso era mejor o peor que los latigazos. Ser expulsadas del castillo probablemente significaba perder un trabajo bien remunerado, con prestigio social, y seguramente tendrían dificultades para encontrar otro similar. Era curioso que, pese a eso, se hubieran arriesgado a desobedecer una orden, Quizás las sirvientas pensaron que Arabella era insignificante. Una muchacha más, enviada como castigo. Alguien que no merecía su esfuerzo. Tal vez creyeron que Thorne nunca se enteraría. Y se equivocaron.
En fin, por lo menos su situación no era tan mala como pensaba. No la estaban tratando como a una prisionera: no estaba en una celda, tenía acceso libre a comida y un rango aceptable de movimiento. No había recibido ningún castigo físico ni parecía haber intención de aplicarlo, mientras hiciera lo que se esperaba de ella. Por ahora, preparar una cena ligera.
Con esto en mente, se puso a revisar su entorno. La cocina era amplia, tosca, con paredes impecables pese a lo minimalista. Colgaban de las vigas utensilios de cobre que brillaban pese al uso y los años. Grandes mesones vacíos e impecables. Todo parecía gritar eficiencia y orden. Frialdad.
Para Bella, la cocina siempre había sido un lugar cálido y lleno de risas, donde de niña iba a recibir una galleta, a escuchar las carcajadas de las doncellas. Acá todo era aséptico: acero, cobre, piedra, cerámica, silencio. Pero… quizás por lo incierto de su situación, le gustó. No le parecía amenazante. No creía que el señor pasara por ahí a menudo.
Buscó el armario del que Thorne había hablado y lo encontró tras una cortina de lino. Había allí algunas túnicas limpias, delantales y paños. Tomó lo más sencillo y se lo colocó encima de su ropa. Aún se sentía ajena a todo, no sabía dónde estaba nada. Pero eso no la amedrentó. Era algo que tenía fácil solución. Le dio un propósito, y casi sentía sus pies danzar mientras abría y revisaba cada mueble, cajón o repisa.
Reunió los ingredientes que encontró: hogazas de pan recién hecho, detrás de una puerta una gran despensa con reservas de quesos, verduras, jamones y conservas varias. Preparó una cena simple y fría, como se le había ordenado. Hizo cada movimiento con cuidado, como quien busca un ritmo propio entre lo desconocido.
Mientras partía el pan, pensó en su padre. Pensó en Mary y en Sofía. En la vida que quedaba del otro lado de la frontera. Una vida que, pese a haber pasado menos de una semana, ya se sentía lejana, como si hubiera sido en otra vida. Se preguntó qué sería de ellos, qué pensarían de ella. ¿La extrañarían? ¿La olvidarían pronto? Suspiró.
Terminó la preparación y, sin saber bien qué hacer, fue al comedor. Le costó un poco llegar porque se perdió un par de veces. Tuvo que hacer un par de viajes, llevando lo preparado y retirando lo que había quedado. Como aún le quedaba un poco de tiempo, comió sola y preparó pan y fruta para esconder en su cuarto, por si algún día era castigada encerrándola. Así que fue muy rápido a dejarlo en su habitación.
Luego salió a buscar al señor. No conocía el lugar, pero tras algo de esfuerzo encontró una gran puerta cerrada. Nuevamente le invadió el temor, pero peor era no cumplir una orden. A ella no la castigarían enviándola de regreso. Así que, después de respirar varias veces, tocó y llamó:
—Señor Thorne…
Escuchó los pasos. Vio la puerta abrirse. Y la imponente figura de quien era ahora su señor.
—¿Qué necesita? —preguntó él con el ceño fruncido.
—La cena está lista —respondió ella lo más serena y con el porte más digno que pudo—. La dejé en el comedor. ¿Necesita algo más?
—No. Puede ir a descansar. Mañana la señora Josefina le informará lo que se espera de usted.
Y sin mirarla, entró nuevamente a la habitación, cerrando tras de sí la puerta con suavidad pero con firmeza.
Bella quedó con muchas sensaciones bullendo dentro de ella: humillación al ser tratada como una sirvienta, alivio, cansancio, y una sensación de irrealidad. Como si viviera un sueño. Como si comenzara a perder sus emociones y se sintiera una espectadora de su propia vida.
Comentarios
Publicar un comentario