Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 6 Primer día
Thorne estaba molesto.
Había pasado un día desde que Arabella había llegado al castillo, y ella aún no se había presentado.
Él había dado instrucciones claras: que se le dejara dormir, que recibiera ropa limpia y comida en bandeja, y que no fuera interrumpida si descansaba.
Hasta ahí, todo parecía en orden.
No le gustaba cuando las cosas no seguían su curso esperado.
Le desagradaba la incertidumbre.
Le inquietaban las variables sin respuesta.
Él no era un hombre de ambigüedades.
Le gustaban los roles definidos, las acciones claras.
Arabella ya no era una viajera ni una huésped: estaba en su castillo, y su presencia, su silencio, comenzaba a desentonar con todo lo demás.
Había decidido ir a verla.
No por cortesía.
Sino por necesidad de restaurar el equilibrio que sentía alterado.
Y fue entonces cuando se la encontró de frente en uno de los pasillos.
Ella venía sola.
Desarreglada, con la ropa polvorienta, el rostro pálido, el cabello suelto en desorden.
Los ojos —tan grandes, tan expresivos— vacilaban entre el desconcierto y el miedo.
Sus miradas se cruzaron.
Y por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Él podía sentir su respiración entrecortada, oler el cansancio, el polvo seco del viaje en su ropa, la tensión en su postura.
Era como si ella intentara sostenerse entera, con la dignidad de quien no sabe si está a punto de ser juzgada y castigada.
—¿Comiste? —preguntó él finalmente, con tono neutro pero firme.
Arabella dudó.
No sabía si debía hablar.
Si sería reprendida por haber tomado algo por su cuenta.
Pero el hambre había sido real, y el silencio, insoportable.
—Vi comida en una mesa —dijo al fin—.
Tomé lo que quedaba.
Y lo miró, esperando… lo que fuera que viniera.
En ese momento, la rabia le subió despacio, como un hierro caliente en el pecho.
No contra ella.
Contra la negligencia.
Él había dado instrucciones.
Y en su castillo, eso no se ignoraba.
Sin una palabra, le tomó la muñeca.
El contacto fue firme, pero no hiriente.
Y la condujo a paso rápido por los corredores.
Ella no protestó.
Solo lo siguió.
Llegaron a un salón amplio, lleno de utensilios colgados de vigas, mesas de madera, sartenes ennegrecidas y olor a grasa vieja.
La cocina.
Allí estaban las dos muchachas encargadas del aseo.
Charlaban en voz baja, reían por lo bajo, se movían entre paños sucios y ollas sin lavar.
Ya lo habían irritado antes.
Las sentía husmear a sus espaldas, cuchichear donde no debían.
A veces lo miraban como si no entendieran del todo quién era.
O peor: como si creyeran que él no se daba cuenta.
Thorne siempre había tenido problemas para encontrar buen servicio.
El miedo paralizaba a unos, la adulación intoxicaba a otros.
Y entre ambas, él prefería el silencio del temor a la torpeza de quienes pretendían conquistarlo.
Cuando lo vieron entrar con Arabella de la muñeca, palidecieron al instante.
La risa se extinguió en el aire.
Y todo quedó suspendido.
—¿Llevaron el desayuno y la ropa que pedí? —preguntó, sin levantar la voz.
Las jóvenes bajaron la vista.
Una miró al cielo.
La otra al suelo.
—¿Cumplieron las instrucciones? —repitió, más despacio.
Hubo un silencio tenso.
Una de ellas murmuró algo apenas audible.
Y la otra, finalmente, dijo:
—Lo… lo olvidamos, señor.
Disculpe. En este momento...
—Ya no es necesario. —la cortó sin emoción.
Salió al patio aún con Arabella a su lado.
Y alzando la voz con precisión, llamó a uno de los guardias:
—Auren.
Llévalas de inmediato de vuelta al pueblo.
Y trae a la señora Josefina con su nieta. Hoy.
Las muchachas desaparecieron rápidamente, recogiendo sus cosas con apuro.
Sabían que no había excusas.
Habían cruzado un límite.
Y él no perdonaba cuando el límite era el respeto.
De regreso, Thorne soltó al fin la muñeca de Arabella.
—Esta es la cocina —dijo, sin mirarla.
—Para la cena, toma lo que necesites: carnes frías, pan, algo de ensalada.
Hoy te toca hacerlo sola.
Hizo una pausa breve, como si verificara que ella lo escuchaba de verdad.
—Debe haber un armario con ropa.
Busca lo que necesites.
Y sin más, se dio media vuelta y se fue.
Dejó tras de sí el eco de sus pasos, el olor a metal caliente y cebolla vieja,
y una mujer joven que, por primera vez en ese castillo,
no sabía si acababa de recibir un castigo o una forma torpe de bienvenida.
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