Bella y el Reino Quebrado - Capítulo 3 – El día llegó
Finalmente, el día llegó.
Arabella no supo si fue rápido o lento. Había vivido los últimos días en un estado de sopor, como si alguien más habitara su cuerpo y ella solo flotara detrás de sus propios ojos.
Pero ahora era real.
La llevarían hasta la frontera.
Ahí la esperarían para conducirla al castillo.
Nadie más podía cruzar.
Solo ella.
Ni su padre. Ni sus doncellas. Nadie.
Las instrucciones habían sido claras:
No debía llevar más que lo que cupiera en una mochila.
Una condición más.
Una humillación más.
Pero ya no tenía fuerzas para discutir.
Al amanecer, le dejaron en su habitación un vestido blanco, sencillo, casi ceremonial, junto a la mochila vacía.
Arabella lo miró largo rato.
Parecía el atuendo de una virgen ofrecida a un volcán.
Y, en cierto modo, eso era.
—¿Era necesario hacerlo tan obvio? —murmuró, con una amargura apenas audible.
Pero reaccionó.
Por primera vez en días, reaccionó.
Con la ayuda de Mary y Sofía, revolvieron el desván y hallaron prendas gruesas de hombre: pantalones rústicos, una camisa de lino duro, una chaqueta amplia, y un par de zapatos de montaña.
Los guardó con cuidado en la mochila.
También metió dos manzanas, algunos frutos secos, y entre sus ropas escondió un pequeño puñal.
Por si acaso.
No tenía posibilidades reales de huir —no aún—, pero había aprendido que en la vida no se descartaba ninguna posibilidad.
No quería parecer atractiva.
Quería parecer fuerte.
Su plan era cambiarse antes de llegar a la frontera.
Pero eso también le fue negado.
A Mary y Sofía les habían dado una instrucción directa y amenazante:
Arabella debía llegar a la frontera como una dama. Bella. Intacta. Vestida como una ofrenda.
De no cumplirse, ellas pagarían el precio.
Arabella no pensó dos veces.
No iba a ponerlas en peligro.
Así que vistió el absurdo vestido blanco sobre las prendas ocultas y lo sujetó con una discreta dignidad.
Se cubrió con un manto claro y subió al carruaje en silencio.
Durante el viaje, les entregó a sus doncellas las joyas que su padre le había asignado como dote.
—Quiero que ustedes las tengan —dijo, con una serenidad que venía desde muy adentro—. Por todo lo que han hecho por mí.
Y les agradeció.
Con el alma.
Partieron al amanecer.
Arabella no lloró.
Sentía que había llorado tanto los días anteriores que ya no le quedaban lágrimas.
Solo quedaba una firmeza callada, sostenida por la promesa que se había hecho a sí misma de no quebrarse.
Al llegar a la frontera, lo vio por primera vez de cerca. Thorne.
Estaba ahí.
Montado en un caballo negro como la noche, flanqueado por seis guardias a caballo y un séptimo para ella.
Su figura imponía. Era más grande de lo que recordaba.
Serio. Frío. Imposible de leer.
Y, sin embargo, sus ojos la traspasaban.
Cuando la vio descender con el ridículo vestido blanco, sus labios parecieron curvarse apenas, con una mezcla de burla y sorpresa contenida.
—¿Pretende cabalgar así? —preguntó, con voz grave, sin mover un músculo más de lo necesario.
Arabella no respondió de inmediato.
Giró hacia Mary y Sofía y las abrazó con firmeza, por última vez.
Luego se dirigió a los guardias de su padre:
—No olviden decir que crucé la frontera tal como se me indicó —dijo en voz alta—, y que las instrucciones fueron cumplidas.
Luego, con la cabeza en alto, cruzó la línea que dividía los dos mundos.
Sola.
Se detuvo frente a Thorne, lo miró a los ojos con la misma firmeza con la que había soportado la humillación del vestido, y dijo:
—Mi señor, ¿me prestaría una espada?
Thorne arqueó una ceja. No bajó del caballo.
Pero con una seña, hizo que uno de sus hombres le ofreciera una espada corta.
Hubo una leve inquietud.
¿Acaso pensaba quitarse la vida ahí, ante ellos?
Por precaución, uno de los soldados se colocó a su lado, preparado para intervenir si era necesario.
Pero Arabella no se inmutó.
Con calma, rasgó el vestido blanco desde el cuello hasta la cintura.
El sonido de la tela al romperse fue seco, brutal, liberador.
Lo dejó caer a sus pies.
Y por un segundo, Thorne —el hombre al que llamaban Bestia— abrió levemente la boca.
Ante él no estaba una doncella temblorosa, sino una joven vestida con ropa de hombre, que se cubría con dignidad, determinación y valor.
Arabella se agachó, abrió su mochila, sacó su chaqueta y sus zapatos de montaña.
Se cambió con rapidez, se ajustó las prendas, y luego devolvió la espada con cortesía al soldado que se la había prestado.
Entonces montó con soltura el caballo que le habían preparado.
Se volvió hacia Thorne.
—¿Así le parece mejor? —preguntó, con una mirada limpia y desafiante.
Thorne recuperó su semblante impávido.
Solo hizo una leve inclinación de cabeza.
—Sígame —ordenó.
Y mientras giraba su montura, pensó:
“Esto, parece que será interesante.”
Comentarios
Publicar un comentario